23 feb. 2012

Texto Ernesto Calvo


Alegría Relacional: construir utopías de proximidad.
Cuando supe por primera vez, a través de Memo Araujo  y algunos artistas jóvenes de El Salvador, que una propuesta de múltiples intervenciones  públicas en una comunidad alejada de San Salvador, retomaría  desde su nombre mismo –Alegría Relacional- el concepto de “estéticas relacionales”,  tuve una mezcla de curiosidad y a la vez inquietud sobre sus propósitos y resultados. Curiosidad,  porque me resultaba llamativo que a El Salvador llegaran  los “ecos globalizadores” de términos que suelen ponerse de moda en el ámbito del arte y la cultura visual contemporánea; y de inquietud, porque siendo ese un término sumamente polémico,  centro de diversas controversias en ámbitos tanto “centrales” como “periféricos” en el contexto del arte actual, el riesgo de su utilización sin tomar en consideración esas conflictivas connotaciones, llevaba consigo una carga de riesgo implícito.
Sin embargo, lo primero que me llamó favorablemente la atención de este proyecto, fue que la conformación de estas propuestas “relacionales”, no se hicieron de una manera precipitada,  antojadiza o eventual, forzadas por  alguna “ocurrencia”, sino que tanto el sitio escogido  como las diferentes intervenciones que se propusieron, resultaron de un proceso de maduración de inquietudes y demandas tanto vivenciales como profesionales,  relacionadas con esa particular comunidad salvadoreña llamada precisamente Alegría.  
Desde la iniciativa y entusiasmo contagioso de Memo Araujo, a través de su trabajo cultural y sus experiencias en la comunidad de Alegría,  junto a su compañera Paola Lorenzana, un grupo de artistas jóvenes de formaciones diversas, con la asesoría  de otros con más amplia experiencia   -como Walterio Iraheta, Ronald Morán o Dalia Chévez-  realizaron visitas a la comunidad, se involucraron con algunas de sus características y necesidades, y a partir de estas enriquecedoras experiencias,  generaron un diálogo  colectivo entre ellos y con la comunidad, para gestar las diferentes propuestas que se realizaron, en un proceso que ha durado alrededor de un año.
Posterior a esas intervenciones en la comunidad, los jóvenes artistas participantes en este proyecto,   le dieron continuidad al propósito y contenido de sus intervenciones,   a través de un proceso de auto-reflexión crítica sobre ellas (en este momento fue cuando  intervine como analista y pude apoyarlos parcialmente en el ámbito de la reflexión teórico-contextual) para llegar finalmente a las versiones expuestas para un espacio expositivo como la Casa Tomada del CCE.  
De tal modo, si las versiones más comunes de la “estética relacional” que se realizan en diferentes contextos mainstream, se han asociado sobre todo a  intervenciones e intercambios humanos dentro de espacios relativamente confinados como museos o galerías, la propuesta de Alegría Relacional fue en un sentido contrario, pues interactuó con la comunidad a la que investigó y se propuso focalizar, para luego exponer no tanto los “resultados acabados” de ese proceso,  sino versiones de esas intervenciones en un espacio expositivo, intentado que las propuestas no solo resultaran meras “documentaciones”, sino re-creaciones de esas intervenciones, a partir  de la interacción con el espectador que asiste a ver esos proyectos.  
Otro aspecto que ha resultado polémico dentro de las llamadas “estéticas relacionales” (tal y como la ha definido Nicolás Bourriaud en su reconocido aunque a la vez controvertido libro), es que la idea de una “utopía de proximidad”, de un “estar juntos” o de “crear situaciones” para compartir en estos espacios museísticos o  galerísticos, no posee o desactiva el potencial de transformación social, política o incluso mental del espectador, pues sus propuestas  de interacción cultural, estética y humana en espacios controlados y confinados, con un público cautivo que cumple ciertas “reglas del juego” artístico, anula su eventual potencial crítico, subversivo o cuestionador.   
Sin embargo, teniendo la propuesta de Alegría  Relacional un recorrido diferente -de la comunidad al espacio expositivo- este último momento se establece como un punto de “llegada” parcial y no definitivo, incluso secundario con respecto a todo el trabajo de interacción e intervenciones comunitarias realizado anteriormente. Por otro lado,  en el contexto salvadoreño, marcado desde hace años por la violencia, pasada y presente, la marginación y las desigualdades o exclusiones sociales, esa “utopía de  proximidad”, ese “estar juntos” que proponen las estéticas  relacionales, y que en otros contextos resultan demasiado higienizadas  o políticamente correctas,  en El Salvador creo que poseen una significación especial  como formas –utópicas, si- de intercambio y convivencia, al menos dentro de determinados límites y circunstancias posibles, pero necesarias que se produzcan.   
 En ese sentido, creo que Alegría Relacional comparte esos preceptos que expone Nicolas Bourriaud,  cuando afirma que el “arte relacional” debe ser concebido como un intersticio social y estético”, un estado de encuentro que se coloque entre sujetos”,  que se expanda a  la esfera de las interacciones humanas y su contexto social”. Por otro lado, Bourriaud también afirma, a propósito de ese vínculo tensional entre lo utópico, lo subjetivo y las posibilidades concretas dentro del ámbito de lo estético: El arte ya no busca construir utopías, sino construir espacios concretos… La utopía se vive hoy en la subjetividad de lo cotidiano, en el tiempo real de los experimentos concretos… Las obras ya no tienen como meta proponer realidades imaginarias o utópicas, sino constituir modos de existencia o modelos de acción dentro de lo real existente…producen espacios-tiempos relacionales, experiencias interhumanas que tratan de liberarse de las obligaciones de la comunicación de masas, generando esquemas sociales alternativos, modelos de construcciones intersubjetivas”.
Por otro lado, Bourriaud afirma que existen tres fundamentos, a través de los cuales cada artista conforma muchas de sus producciones relacionales, aunque siempre de una manera flexible, contextualizada, diferente. Estos tres preceptos serían el  estético” (cómo traducirlo materialmente), el “histórico” (cómo inscribirse en un juego de referencias artísticas)  y  el “social” (cómo proponer una posición coherente en relación al estado actual de la producción y de las relaciones sociales).
Siento que las diferentes intervenciones-interacciones que se hicieron en Alegría Relacional, giran de cierta manera -directa o indirectamente- en torno a algunos de ese precepto múltiple –estético, histórico, social- que plantea Bourriaud:  de las implicaciones comunicativas y de visibilización de género en la propuesta Alegría tiene nombre de mujer (Abigail Reyes), a las más comerciales de Vivarĭum Focāri (Dalia Chévez y Marvín  Enrique Martínez); de las connotaciones estéticas y a la vez  comunales de las intervenciones Unto (Víctor Rodríguez),  a la más lúdica de Flotador (Boris Ciudad Real); de las implicaciones sociales y también de juego en las propuestas de Uniendo Alegría (Erick Aguilera),  Homenaje (Danny Ruiz) o Despestar (Danny Zavaleta), a las más interactivas con el transeúnte de Cantar de sirenas (Issa Estrada) o  Proyecciones (Rebeca Tovar); o aquellas efectivas más vinculadas al ámbito deportivo o competitivo, como Sapito (Emilia Díaz) y  Mascón  (Karen Estrada, Andrea Huezo y Fátima Chávez), una subversión de las reglas del juego de fútbol,  a partir de la introducción de una tercera portería y equipo, que de alguna manera funciona como metáfora de la subversión -desde dentro-  de las “reglas del juego”  que se producen en el ámbito del deporte, pero también de la estética y el arte relacional.
Una ambigua subversión que, más que apostar por rupturas falsamente radicales o mediáticamente escandalosas, prefiere el trabajo menos llamativo e  impactante, pero de resultados más tangibles y necesarios en la comunidad en la que se inserta y con la que interactúa.

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